Descubre o redescubre la historia de Didí, un auténtico líder que llevó a Brasil a su primer título histórico en la Copa Mundial de 1958.
En el minuto 4 de la final de la Copa Mundial de la FIFA™ de 1958, Suecia propinó un mazazo a Brasil cuando inauguró el marcador. El pánico se cernía sobre los brasileños en el Estadio Rasunda, sobre todo porque el trauma del Maracanazo seguía muy presente en el equipo ocho años después.
Entonces, Didí se encaminó al fondo de la portería, recogió el balón lentamente, se lo colocó bajo el brazo y se dirigió al círculo central con total tranquilidad. Aquel paseo, prácticamente en silencio, habría podido cambiar el curso de la historia. El centrocampista lo recorrió sin hablar, sin gestos bruscos, únicamente con la firmeza de quien sabía que Brasil era superior y terminaría proclamándose campeón.
Sin embargo, el joven atacante Zagallo no pudo contenerse ante tanta calma: “Me fui desesperado hacia él y le dije a gritos que estábamos perdiendo y la situación era como para correr, no andar. Me respondió: ‘Tranquilo. Nuestro equipo sigue siendo mejor que el suyo. No te preocupes, que vamos a darle la vuelta al partido'”.

Djalma Santos, el legendario lateral derecho que también había formado parte de la selección brasileña en el Mundial de 1954, declaró: “Didí recogió la pelota y llegó hasta nosotros diciendo que teníamos mejor equipo y ganaríamos el partido. Sus palabras nos dieron más confianza”.
Con este gesto, el hombre al que apodaban «El Príncipe Etíope», mostró al mundo otra faceta de la clase que atesoraban los brasileños, más acentuada si cabe por la elegancia del excepcional centrocampista sobre el terreno del juego. Didí no era solo el arquitecto del equipo, sino también el líder emocional que conseguía serenar a los compañeros cuando el nerviosismo amenazaba con apoderarse de ellos.
Cinco minutos después del gol de los suecos, Vavá empató el encuentro. A partir de ese momento, Brasil arrolló al rival hasta imponerse por 5-2 y conquistar su primer título del mundo.
Aunque no era el capitán (el defensa Bellini levantó el trofeo), Didí espoleó al equipo con su soberbia lectura del juego y milimétricos pases en largo que convertían cualquier atacante en goleador.
Sus combinaciones con Pelé, Garrincha y Vavá en la delantera maravillaron al mundo. Gerson, integrante de la selección de Brasil de 1970, ha sido el jugador que más se ha acercado a su estilo de juego.
Tanto en los lanzamientos de falta como en balones desde fuera del área, la seña de identidad de Didí, su famosa “hoja seca” (un disparo con efecto que hace que el balón caiga repentinamente), forma ya parte del repertorio de las nuevas generaciones.
El centrocampista disputó tres Mundiales con la selección de Brasil. En Suiza 1954, marcó dos goles, pero el equipo quedó eliminado contra Hungría en cuartos, en un partido muy reñido e incluso violento. Tras la consagración de 1958, con 33 años volvió a espolear a la selección que conquistó el segundo título del mundo en Chile 1962. Con Brasil disputó en total 75 partidos, anotó 21 goles, ofreció incontables pases de gol y se convirtió en un referente de equilibrio e inteligencia.
En el fútbol de clubes, Didí conquistó títulos con el Fluminense y, sobre todo, con el Botafogo de Garrincha, Zagallo, Nílton Santos y otras figuras míticas. Entre 1959 y 1960, compartió el vestuario con Di Stéfano, Puskas y Gento en un Real Madrid que marcó una época.
Después de colgar las botas, se hizo entrenador. En 1970, como seleccionador de Perú, volvió a hacer historia cuando clasificó al conjunto andino para su primer Mundial desde 1930, tras la eliminación de Argentina en la Bombonera.
En aquella fase final disputada en México, llevó al equipo de Teófilo Cubillas hasta cuartos, donde cayó derrotado contra Brasil por 4-2. Pese a la eliminación, su paso por la selección peruana está considerado un hito para el fútbol del país.
“Didí nos dio confianza. Sabía hablarnos y posicionarnos. Era un técnico que transmitía calma e inteligencia. Aprendí mucho con él”, recordaba Cubillas.
Pese a todo, Didí nunca entrenó a Brasil; y ni siquiera se conservan suficientes registros de aquella magia que el gran futbolista ofreció al mundo. Sin embargo, nada puede empañar su legado.
El astro demostró desde muy pronto que el fútbol es arte, emoción e inteligencia, además de estrategia. Fue un maestro que contribuyó a que Brasil triunfara con la cabeza bien alta. Su entrada en el terreno de juego de Solna, en Suecia, es una de las imágenes más emblemáticas de la historia de la Copa Mundial de la FIFA™.
INFORMACIÓN: FIFA