En Puebla la política volvió a entrar en modo electoral mucho antes de que inicien oficialmente las campañas. Aunque todavía falta tiempo para la elección intermedia de 2027, los partidos ya comenzaron a mover estructuras, posicionar perfiles y construir acuerdos rumbo a una disputa que será clave para medir fuerzas en el estado.
Más allá de diputaciones y alcaldías, la próxima elección será el primer gran examen político para el grupo gobernante y también la oportunidad de supervivencia para una oposición que todavía no encuentra rumbo.
Morena llega como la principal fuerza política en Puebla, pero también como el partido con mayores tensiones internas. La dirigencia estatal encabezada por Olga Lucía Romero Garci-Crespo enfrenta el reto de mantener unidad en un movimiento donde distintos grupos ya comenzaron la carrera por las candidaturas.
En Morena el conflicto no está en derrotar a la oposición, sino en controlar las disputas internas.
Funcionarios, diputados, alcaldes y operadores regionales llevan meses en precampaña disfrazada de agenda institucional. Cada evento público se convirtió en vitrina política y cada aparición en una oportunidad para medir fuerza territorial.
El partido guinda mantiene ventaja electoral, aunque comienza a resentir el desgaste natural del poder. Problemas de seguridad, basura, infraestructura y conflictos municipales empiezan a convertirse en temas que impactan la percepción ciudadana.
A eso se suma una situación que incomoda a sectores fundadores del movimiento: la incorporación de perfiles provenientes del PRI y el PAN. Morena creció tanto que terminó absorbiendo a muchos actores de los partidos que durante años criticó. En Puebla, la llamada transformación también se construye con políticos reciclados.
En el PAN, Mario Riestra Piña intenta reconstruir a un partido golpeado por derrotas consecutivas y divisiones internas que nunca terminaron de sanar tras la caída del morenovallismo.
Acción Nacional todavía conserva presencia en municipios importantes y mantiene estructura competitiva en zonas urbanas; sin embargo, continúa atrapado entre la nostalgia de sus años de poder y la falta de un nuevo proyecto político que conecte con el electorado.
El panismo poblano enfrenta un problema de identidad. Durante años apostó más por alianzas y figuras individuales que por fortalecer una narrativa propia. Hoy intenta posicionarse como oposición, aunque muchas veces termina dependiendo más del desgaste de Morena que de sus propias fortalezas.
El PRI atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Con Xitlalic Ceja García al frente de la dirigencia estatal, el tricolor intenta proyectar renovación generacional, pero el principal reto sigue siendo recuperar credibilidad.
Aunque muchos lo consideran políticamente disminuido, el PRI todavía conserva estructuras regionales, operadores electorales y presencia territorial en distintos municipios. El problema es que gran parte de sus cuadros más competitivos migraron hacia Morena o encontraron espacios en otros partidos.
Aun debilitado, el priismo continúa siendo una pieza importante en la construcción de alianzas. Muchos de los operadores políticos que hoy fortalecen otros proyectos fueron formados precisamente dentro del viejo tricolor.
Movimiento Ciudadano observa el escenario poblano apostando al desgaste de los partidos tradicionales. La dirigente estatal Fedrha Suriano Corrales busca posicionar al partido naranja como una alternativa para sectores jóvenes y ciudadanos cansados de la polarización política.
MC intenta vender una imagen fresca y ciudadana, aunque en Puebla varios de sus perfiles también provienen de partidos tradicionales. El discurso de “nueva política” choca constantemente con la realidad de cuadros reciclados que buscan mantenerse vigentes bajo otros colores.
El Partido Verde Ecologista de México continúa demostrando su capacidad histórica para adaptarse a cualquier escenario político. Más que competir por ideología, el PVEM apuesta por mantener espacios de poder a través de acuerdos estratégicos.
El PT sigue funcionando como aliado permanente de Morena, intentando conservar posiciones y márgenes de negociación regional. Su fortaleza continúa siendo la operación territorial en municipios específicos más que una estructura mediática sólida.
Y en medio de ese tablero aparece PSI, un partido local que entendió desde hace años que la supervivencia política en Puebla depende más de las alianzas que de las ideologías. Pacto Social de Integración no busca dominar la elección; busca mantenerse vigente y conservar capacidad de negociación.
La realidad es que todos los partidos enfrentan el mismo problema: la ciudadanía desconfía cada vez más de la política.
Morena gobierna, pero comienza a cargar el desgaste del poder. El PAN quiere regresar, pero sigue dividido. El PRI intenta reinventarse mientras pelea contra su pasado. Movimiento Ciudadano apuesta por vender novedad con rostros conocidos. El Verde continúa sobreviviendo gracias al pragmatismo político. El PT resiste desde la negociación. Y PSI vuelve a jugar el papel de partido bisagra.
Mientras tanto, los ciudadanos observan cómo los políticos cambian de partido con la misma facilidad con la que cambian de discurso.
En Puebla ya no sorprende ver a un ex priista convertido en morenista, a un ex panista operando para Morena o sus partidos aliados o a viejos adversarios compartiendo proyecto político. La ideología dejó de ser convicción para convertirse en estrategia electoral.
La elección intermedia de 2027 no solo definirá posiciones políticas; también pondrá a prueba la credibilidad de partidos que prometen renovación mientras reciclan los mismos perfiles de siempre.
Porque al final, en la política poblana todos hablan de transformación, democracia y cercanía con la gente, pero detrás del discurso siguen pesando las alianzas, las traiciones y las ambiciones.
Y aquí la gran pregunta es:
¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
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