El domingo 31 de mayo, 130 mil personas se reunieron en el Monumento a la Revolución. No fue un acto de campaña. Fue una rendición de cuentas. Y al mismo tiempo, en las plazas públicas de 31 estados del país, miles más escucharon el mensaje de la presidenta Claudia Sheinbaum con motivo del segundo aniversario de su victoria electoral. Puebla estuvo ahí. Nosotros estuvimos ahí.
Lo que la presidenta dijo merece leerse con atención, porque tocó dos registros distintos que juntos definen el momento que vive el país: los resultados concretos de dos años de gobierno y una advertencia que no puede ignorarse sobre las nuevas formas en que se busca desestabilizar a México desde el exterior.
Sobre los resultados, los números hablan solos. El salario mínimo pasó de 2 mil 650 pesos en 2018 a más de 9 mil 500 pesos en 2026 — un incremento del 154 por ciento en términos reales. El salario medio alcanzó un máximo histórico de 20 mil 212 pesos mensuales. El desempleo está en 2.5 por ciento, uno de los tres niveles más bajos del mundo. Se crearon 669 mil empleos. El tipo de cambio cerró en 14.40 pesos por dólar, siendo el peso mexicano el que más se ha apreciado frente al dólar en el mundo. La deuda pública se ubica en 50.3 por ciento del PIB y el déficit disminuyó.
En salud: 29 nuevos hospitales, 70 quirófanos modernos, 85 por ciento de abastecimiento de medicamentos gratuitos y 18 millones de visitas domiciliarias a adultos mayores y personas con discapacidad. En programas sociales: 42.8 millones de personas reciben un apoyo del gobierno, con una inversión histórica de un billón 3 mil millones de pesos. En infraestructura: electricidad llevada a casi 14 mil comunidades, Pemex con deuda reducida en 20 mil millones de dólares, trenes funcionando, carreteras intervenidas.
Esos son hechos. No proyecciones, no promesas. Hechos verificables que representan una diferencia concreta en la vida de millones de familias mexicanas que durante décadas esperaron que el Estado les cumpliera.
Pero el discurso del domingo no fue solo un balance. Fue también una alerta que como legisladoras y legisladores tenemos la obligación de tomar en serio.
La presidenta explicó con claridad algo que muchos ya percibían pero pocos nombraban directamente: las campañas que hoy atacan al gobierno de México no son debate político legítimo. Son operaciones diseñadas con cuentas falsas, robots y dinero, dirigidas no a convencer sino a manipular, no a informar sino a distorsionar la percepción de la realidad. Detrás de ellas, dijo Sheinbaum, están sectores conservadores nacionales e internacionales que nunca aceptaron que México decidiera ejercer plenamente su independencia.
El CIAGate de Chihuahua lo dejó en evidencia: agentes de inteligencia extranjeros operando en territorio nacional sin acreditación oficial, con la complicidad de autoridades locales. Eso no es cooperación. Eso es injerencia. Y la respuesta de la presidenta fue precisa: la Constitución y la Ley de Seguridad Nacional son claras — ningún agente extranjero puede realizar en México tareas que corresponden exclusivamente a las autoridades mexicanas.
La pregunta que lanzó desde el Monumento a la Revolución no era retórica: ¿es genuino el interés de Estados Unidos por combatir el crimen organizado en México, o estamos viendo cómo sectores de la ultraderecha estadounidense utilizan a nuestro país para posicionarse rumbo a sus propias elecciones e intentar influir en las nuestras de 2027?
México no es piñata de nadie. Esa frase no es un slogan. Es una posición de Estado que desde esta representación acompañamos sin reservas.
Dos años después, el proyecto de transformación está de pie, con resultados, con rumbo y con la claridad de saber quiénes son los que quieren frenarlo y por qué. Eso también es un resultado.