Al 600% por Puebla

Digital Administrador

Hay gobernadores que gobiernan desde el escritorio. Que conocen su estado a través de informes, de presentaciones, de reuniones en salas climatizadas donde alguien más les explica lo que pasa afuera. Y hay gobernadores que salen. Que llegan. Que están.

Alejandro Armenta es de los segundos.

600 días al frente del gobierno de Puebla y el balance más honesto no se mide en decretos ni en comunicados de prensa. Se mide en kilómetros recorridos, en juntas auxiliares visitadas, en comunidades que por primera vez en años vieron llegar al gobernador no en campaña sino a trabajar. Se mide en la cantidad de veces que alguien en una colonia popular, en una sierra, en un municipio que el mapa político siempre puso al margen, pudo decirle directamente a quien gobierna qué le duele, qué le falta, qué lleva esperando demasiado tiempo.

Eso no es menor. Es en realidad lo más difícil y lo más importante.

Porque las políticas públicas que funcionan no se diseñan en una oficina. Se diseñan escuchando. Se diseñan cuando quien tiene la responsabilidad de gobernar entiende que el diagnóstico más preciso no llega en un reporte técnico sino en la voz de una mujer que lleva veinte años pidiendo que arreglen el camino de entrada a su comunidad, en la del maestro que explica por qué los niños faltan cuando llueve, en la del agricultor que describe qué pasa con su cosecha cuando el agua no llega a tiempo.

Armenta entendió eso desde el principio. Y lo convirtió en método.

El programa de obra comunitaria es quizás el ejemplo más claro de esa filosofía de gobierno. Poner el dinero directamente en manos de la gente no es solo una decisión presupuestal — es una declaración de confianza. Es decirle a las comunidades: ustedes saben lo que necesitan, aquí están los recursos, organícense y háganlo. Y las comunidades han respondido exactamente como responden cuando se les trata con ese respeto: con organización, con responsabilidad, con resultados que ningún contratista externo habría logrado con la misma eficiencia ni con el mismo arraigo.

Desde el Distrito 12 hemos sido testigos de eso. Hemos visto cómo la lógica del territorio primero transforma no solo la infraestructura sino la relación entre la gente y sus instituciones. Hemos visto comunidades que antes no esperaban nada del gobierno porque habían aprendido que esperar era inútil, y que ahora participan, proponen y exigen — porque descubrieron que hay alguien del otro lado que escucha.

Eso es lo que construye un gobernador en 600 días cuando decide que su lugar no es el escritorio sino la calle. No se construye solo con obras — aunque las obras importan y mucho. Se construye con presencia. Con la certeza que le transmite a una comunidad el hecho de que quien los representa los conoce por nombre, conoce su problema y regresa para dar cuenta de lo que prometió.

En un momento donde la desconfianza en las instituciones es uno de los problemas más profundos que enfrenta la democracia mexicana, gobernar con los pies en el territorio es también un acto político de enorme relevancia. Es demostrar que el Estado no es una entidad abstracta que aparece cada tres o seis años a pedir el voto — es una presencia constante, cercana, que responde.

600 días no es poco. Es tiempo suficiente para demostrar que una forma distinta de gobernar es posible. Que las políticas se hacen escuchando y no suponiendo. Que la obra más importante que puede construir un gobierno no es de concreto sino de confianza.

Puebla lo está viendo. Y desde esta representación, lo acompañamos con la misma convicción: más territorio, menos escritorio. Siempre.

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