El escritor Pedro Ángel Palou narra los últimos años de vida de la pintora art decó en Cuernavaca, donde la baronesa encontró un refugio libre, emocionante y que rememoraba los lugares del mundo donde habitó.
La empresa parecía sencilla, pero no lo era. Víctor Manuel Contreras había tenido que conseguir un permiso especial para trasladar el cuerpo sin vida de Tamara de Lempicka a la Ciudad de México. La pintora había fallecido el 18 de marzo de 1980 en Cuernavaca, pero en esa ciudad no existían crematorios, y antes de morir le había hecho prometer a su último confidente que la convertiría nuevamente en polvo y esparciría sus cenizas sobre el Popocatépetl.
El escritor Pedro Ángel Palou (Puebla, 1966) considera que fue un último “acto de amor” a México y no otra de las excentricidades que envolvieron la vida de la baronesa: era viernes 4 de abril y el clima finalmente permitió a Contreras y a Kizette de Lempicka-Foxhal –hija única de Tamara, a quien alguna vez negó– abordar el helicóptero Bell 206, sobrevolar la ladera del volcán y cumplir la última voluntad de la extravagante genio del art déco, quien había elegido a la ciudad de la eterna primavera como su última morada.
“No creo que sea una provocación, en ese momento ella quiere realmente quedar en la tierra. Es un gesto grandilocuente, porque la pueden haber tirado en un río, en un salto del agua, donde iba con las bisnietas alguna vez, pero busca este gesto artístico, ciertamente, por amor a México. Creo que finalmente en Cuernavaca, ella ya se sintió a sus anchas”, agrega Palou.
El autor, colaborador de El Heraldo de México, regresa a las librerías con “Tamara. Cuando Cuernavaca era una fiesta” (Planeta, 2026), novela que narra el crepúsculo idílico que la artista polaca vivió en México en la década de los 70, a donde llegó para construir su casa Tres Bambús y donde se refugió entre “exiliados derrotados” y el seductor mundillo artístico que se vivía en la ciudad morelense y que le recordaba los años de glamour en París, Montecarlo, Viena o Nueva York.
Palou admite que sin Cuernavaca, poco o nada, le hubiera interesado Tamara de Lempicka. Pero es que por esos años, la ciudad era otra: “Había un cosmopolitismo producto de la cantidad de exiliados, de gente que había perdido todo, como Beatriz de Saboya, la probable heredera del reino de Italia, era un caldo de cultivo de la izquierda con Sergio Méndez Arceo, Héctor Cámpora, Bettino Craxi”.
También estaban los intelectuales mexicanos que acudían los fines de semana desde la capital. “Octavio Paz, Carlos Fuentes, artistas como Cantinflas, María Félix, Diego Rivera, exiliados norteamericanos, europeos, realeza, Ivan Illich, Lemercier, Marcela Olavarrieta. Había fiestas permanentes donde había conversación, era como si el París de los años 20, el de los años locos, como se le llama, se hubiera transportado a Cuernavaca, que era un espacio de libertad absoluta en un país que salía del echeverrismo, de un periodo muy fuerte de represión. Una Cuernavaca que no existió antes y que tampoco ha vuelto a existir después”.
Rastrear los años de Tamara aquí no ha sido sencillo, aún más cuando ella misma se encargó de cambiar su vida a su antojo, mintiendo sobre su edad y borrando toda su herencia judía del árbol genealógico, mintiendo incluso en detalles como su propia ciudad de origen –que ahora se ha ubicado en Moscú–, la edad a la que llegó a París y a la que se casó, o los años exactos en los que pintó algunos de sus más notables cuadros.
Palou piensa que De Lempicka hizo de su propia vida una obra maestra. “Lo hace para poder existir como artista mujer exiliada en el París de los 20 y 30s, para poder firmar con su propio nombre, para convertirse en la gran baronesa, esposa de su segundo marido, Raoul Kuffner, ella tuvo que inventarse una imagen. Por eso fue tan amiga de María Félix en Cuernavaca, porque las dos fueron mujeres que se inventaron, que se rehicieron, que tenían que mostrarse ante una sociedad tremendamente masculina, libres, autónomas, llenas de agencia”.
Antes de Cuernavaca, Tamara lo había perdido todo: “Se hizo tantas veces que incluso le dice a su nieta en Houston, antes de venir, que siempre se compraba un brazalete de diamantes o una joya muy cara para llevar en el brazo, para que la siguiente vez que tuviera que exiliarse llevara su dinero ella misma y no volver a perderlo todo como sucedió tantas veces: perdió dos ciudades, dos lenguas, dos amores; tenía que ser una mujer enormemente fuerte, capaz de rehacerse, de existir”.
En su novela, Palou emplea un narrador para hablar del pasado en las diferentes ciudades que habitó la artista. Ya en Cuernavaca, es la propia Tamara quien rememora sus últimos años. Ahí, finalmente, ya se sintió a sus anchas, después de ese periodo tan largo, desde finales de los 30, hasta 73, 74, que empezó a ir a Cuernavaca.
En Estados Unidos fueron años muy difíciles, no de plenitud; quizá algunos años en Nueva York, pero no le iba bien con las galerías. Es hasta los 70 que se da el rescate, en Italia y en Francia, del art déco y de ella. Es un periodo largo, sentimental y artísticamente muy poco hermoso para ella”.
Para el autor, es el precio de la libertad que debió pagar Tamara: “Toda búsqueda de la libertad implica un riesgo y se paga un precio. Ella lo pagó con el precio de la soledad y de la incomprensión”.
INFORMACIÓN: EL HERALDO DE MÉXICO