Aún es de noche en caracas: la noche que no termina

Digital Administrador

Caracas no es una ciudad: es una herida. Y en esa herida late Aún es de noche en Caracas, la película que Mariana Rondón y Marité Ugás han dado al mundo con la precisión brutal de quien desnuda una verdad incómoda. Esta obra —adaptación de la novela La hija de la española de Karina Sainz Borgo— no es cine de evasión; es espejo, piedra y poema desgarrado.

Mariana Rondón, Venezuela y Marité Ugás, Perú son dos voces veteranas del cine latinoamericano contemporáneo. Su trabajo en colaboración trasciende géneros, fronteras y disciplinas. Ambas, directoras, productoras y guionistas, han recibido prestigiosos premios, como la Concha de Oro en San Sebastián, el Alexander de Thessaloniki o el Astor en Mar del Plata, premios FIPRESCI o el Premio del Sindicato Francés de la Crítica Cinematográfica.

Atrapada en una ciudad al borde del colapso, Adelaida, entierra a su madre y queda completamente sola. En las calles de Caracas, las protestas son aplastadas con brutalidad. Al volver a casa, descubre que su apartamento ha sido invadido por un grupo de mujeres leales al régimen. Sin salida, se refugia en el piso contiguo, donde encuentra a su vecina muerta. Obligada a compartir su encierro con un joven en quien no puede con fiar, cae en un claustrofóbico espiral de paranoia, miedo y muerte, hasta comprender que, para salvarse, debe renunciar a su identidad y asumir otra.

Ese espacio —claustrofóbico, oscuro— se convierte en metáfora de la Venezuela contemporánea: no hay escape, sólo sobrevivencia, desconfianza, y el lento divorcio de la identidad propia.

Rondón y Ugás no hacen concesiones. Su cámara insiste en el detalle, en la respiración entrecortada, en la paranoia que se instala como huésped permanente en la vida de sus personajes. No hay banda sonora complaciente ni una luz que suavice el dolor. La música de Camilo Froideval funciona como una cuerda tensada: cada nota hace crujir un silencio que nunca termina de romperse.

Lo que diferencia a esta película de un mero retrato de violencia es su voluntad de memoria. La Caracas que vemos no es una escenografía genérica: es ciudad específica, con nombres, calles y heridas. Es, como dijeron sus autoras en Venecia, un acto de resistencia contra el olvido. “Queríamos decirle al mundo que aún es de noche en nuestro país, aunque se quiera olvidar”.

Ese afán por recordar —y hacer recordar— se extiende más allá de las fronteras de la pantalla. A través de festivales internacionales como Venecia, Toronto y Morelia, el film se ha convertido en plataforma para quienes han vivido o empatizan con la diáspora venezolana: ocho millones de personas que se vieron forzadas a abandonar su tierra en busca de un futuro que aquí dejó de ser posible.

Pero Aún es de noche en Caracas no es sólo denuncia; es fábula sobre la identidad en fuga. La protagonista aprende, no sin pagar con su piel y su cordura, que a veces para sobrevivir hay que renunciar incluso a lo que somos. Ese sacrificio interior —más cruel que cualquier bala o grito en la calle— se acumula como ceniza en cada plano, en cada mirada perdida hacia un horizonte que nunca aparece.

La película está protagonizada por un elenco que parece cargado de testimonio: Moisés Angola, Samantha Castillo, Sheila Monterola y el propio Edgar Ramírez —también productor— forman, con Reyes, un grupo que no interpreta personajes, sino memorias colectivas. Cada gesto, cada silencio, es la suma de miles de historias de pérdida, miedo y resistencia.

Es significativo que esta película se haya rodado fuera de Venezuela —en México— debido a las limitaciones y riesgos de filmar en el país que retrata. Ese exilio físico del set se vuelve símbolo de un cine que se hace en la distancia, pero que no deja de mirar atrás. La mirada de Rondón y Ugás es, por momentos, cruda como documento de guerra; en otros, poética y dolorosa como carta de amor a lo que fue, a lo que pudo ser y ya no será.

Ver Aún es de noche en Caracas es, en el mejor sentido, una experiencia incómoda. No hay descanso para los ojos ni tregua para la sensibilidad. Aquí, la noche no es metáfora: es condición permanente, estado social y mental. Y cuando la luz se filtra —como lo hace apenas en los bordes del relato— es porque la cámara la fuerza, no porque la ciudad la permita.

El cine latinoamericano tiene en esta película un ejemplo de cómo el arte puede convertirse en crónica de un tiempo histórico. No hay moraleja fácil ni final feliz, sólo un espejo al que pocos querrán acercarse, pero que todos necesitamos ver: la noche —esa que aún es de noche en Caracas— puede ser la nuestra si no aprendemos a encender luces en nuestra memoria colectiva.

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