Gobernar también es hacerse cargo de la basura

Digital Administrador

Hay problemas que no suelen dar grandes aplausos, pero que definen la vida cotidiana de millones de personas. La basura es uno de ellos.

En las grandes manchas urbanas, el crecimiento de la ciudad casi siempre va más rápido que la capacidad institucional para ordenar sus efectos. Se construyen más viviendas, crecen los comercios, aumenta la movilidad, se expanden las colonias y con ello también se multiplica un problema que durante años fue tratado como si bastara con esconderlo: los residuos. Pero la basura no desaparece porque el camión pase ni porque el tiradero quede lejos de la vista. La basura se acumula, contamina, enferma, invade barrancas, deteriora el entorno y termina convirtiéndose en una expresión silenciosa de desigualdad.

Porque, al final, el problema de la basura también habla de qué tipo de gobierno se tiene y de qué tan en serio se toma la calidad de vida de la gente. No es lo mismo vivir en una zona donde los residuos se recogen con orden, se aprovechan, se procesan y no ponen en riesgo la salud, que habitar una colonia donde la acumulación se vuelve paisaje, donde los malos olores son permanentes y donde niñas, niños y personas mayores conviven todos los días con focos de infección. Ahí es donde el debate deja de ser técnico y se vuelve profundamente humano.

Por eso vale la pena poner atención al impulso que se le está dando a un centro de reciclaje desde la visión del gobernador Alejandro Armenta. Más allá del proyecto concreto, lo importante es el mensaje político que hay detrás: entender que el desarrollo no puede seguir construyéndose a costa del medio ambiente ni de la salud de las familias. Durante mucho tiempo, el manejo de residuos fue visto como un asunto menor, casi administrativo, como si se tratara solo de mover desechos de un lugar a otro. Hoy está claro que eso ya no alcanza.

Gobernar bien también implica hacerse cargo de lo incómodo. De aquello que no siempre luce en la foto, pero sí transforma la vida diaria. Y la basura está exactamente en esa categoría. Hablar de reciclaje, de aprovechamiento de residuos, de economía circular y de infraestructura ambiental no es hablar de un lujo ni de una agenda secundaria. Es hablar de ciudad, de salud pública, de orden territorial y de futuro.

La visión del gobernador, en ese sentido, merece leerse como una apuesta por modernizar la forma en que Puebla enfrenta uno de sus retos más visibles y a la vez más desatendidos. Porque una entidad que quiere crecer con orden no puede seguir resolviendo sus residuos con lógicas del pasado. Las ciudades ya no pueden darse el lujo de solamente enterrar, amontonar o postergar. Necesitan soluciones de fondo, decisiones de largo plazo y autoridades que entiendan que la sustentabilidad no está peleada con el desarrollo; al contrario, hoy es una condición para que ese desarrollo sea viable.

Desde luego, impulsar este tipo de proyectos también exige responsabilidad, transparencia y claridad. No basta con anunciar una visión correcta; hay que sostenerla con planeación, con diálogo social, con cuidado técnico y con resultados. La ciudadanía tiene derecho a saber cómo se hará, bajo qué criterios, con qué beneficios concretos y con qué garantías ambientales. Ese es el estándar que debe exigirse a cualquier proyecto público serio.

Pero sería un error minimizar la importancia del paso que se está intentando dar. En un tiempo donde muchas veces la política queda atrapada en la coyuntura, en el escándalo o en la disputa inmediata, que un gobierno decida mirar un problema estructural como el de la basura también dice algo de sus prioridades. Dice que hay intención de intervenir donde otros prefirieron administrar inercias. Dice que se entiende que mejorar la calidad de vida no solo pasa por grandes discursos, sino por resolver aquello que afecta todos los días a las familias.

La basura también es política. Y también es dignidad. Tiene que ver con el barrio en el que se vive, con el aire que se respira, con el agua que se contamina o se protege, con la imagen que una ciudad proyecta y con la manera en que una sociedad se relaciona con su entorno.

Por eso, impulsar un centro de reciclaje no debería verse como una obra aislada, sino como parte de una idea más amplia de gobierno: una que entiende que la transformación también se juega en lo cotidiano. Porque al final, cuando un gobierno decide tomarse en serio estos temas, no solo está hablando de residuos. Está hablando de respeto por la gente.

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