Alfonso Sánchez Anaya: el gobernador que creyó en los jóvenes

Miroslava Mendoza

La partida del MVZ Alfonso Sánchez Anaya me marca, pues en su gobierno inicié mi vida profesional. Formé parte de la comunicación institucional de su gobierno y presté mi voz para los promocionales que difundían las acciones de su administración. Sí, yo creí en aquel lema: “Sigamos haciendo de Tlaxcala un mejor lugar para vivir”.

Mi historia comenzó en Coracyt, donde tuve la oportunidad de trabajar al lado de José Augusto Ramírez, Ricardo Sandoval y Edgardo Cabrera, comunicadores que contribuyeron a mi formación profesional y de quienes aprendí el valor de la comunicación pública. (Al último a quien le guardo profundo cariño y respeto). Aquellos años coincidieron con un gobierno que apostó por abrir espacios a los jóvenes y por construir una relación distinta con los medios de comunicación.

Alfonso Sánchez Anaya fue un gobernador de izquierda que abrió las puertas a muchas generaciones. Yo era una de las comunicadoras más jóvenes de principios de los años 2000 y tuve la oportunidad de conocer de cerca una administración que apostó por la comunicación y por los jóvenes.

Guardo la memoria de una época en la que el periodismo y la política convivían de una manera distinta. Su gobierno dejó obras, programas sociales, impulso al campo, infraestructura y educación, pero también una forma cercana de ejercer el servicio público.

Muchos comunicadores lo recuerdan porque respetó la libertad de expresión y entendía que una prensa crítica fortalece a cualquier gobierno. Para quienes estuvimos ahí, fue un gobernador que confió en los jóvenes y nos dio oportunidades cuando apenas comenzábamos.

Pero, sobre todo, era un hombre cercano a la gente. Saludaba de mano, recorría comunidades sin excesivos protocolos (gel antibacterial, vallas o escolta) escuchaba y entendía que gobernar era estar presente. Esa sencillez explica, en buena medida, el cariño que muchos tlaxcaltecas le profesamos.

Como toda figura pública, también tomó decisiones que pueden analizarse críticamente. Considero que uno de sus mayores desaciertos fue impulsar la candidatura de su esposa, Maricarmen García. No porque dude de su capacidad —estoy convencida de que las mujeres tienen la preparación para gobernar—, sino porque los cargos públicos no deben entenderse como una herencia. Aquella decisión debilitó, entre otros temas, al PRD en Tlaxcala.

Hoy, el contraste con el presente es inevitable. El gobierno de Lorena Cuéllar tiene mucho que aprender en su relación con el periodismo y la libertad de expresión.

Desde mi perspectiva, la crítica incomoda más de lo que debería y los periodistas ya no encuentran la apertura institucional que existía hace años.

Más allá de los discursos, tampoco observo acciones de gobierno que estén construyendo un legado sólido para Tlaxcala.

La entidad enfrenta problemas que siguen lastimando a la sociedad: la trata de personas con fines de explotación sexual continúa siendo una realidad dolorosa; el robo de autopartes es cada vez más frecuente; y la presencia de la delincuencia organizada es un tema que no desaparece por negarlo. Son desafíos que requieren resultados, no solamente discursos.

Muchas decisiones del gobierno actual recuerdan las viejas prácticas del priismo tradicional, donde el control político suele imponerse al diálogo y a la crítica. Por ello considero que la administración de Lorena Cuéllar difícilmente será recordada por fortalecer la libertad de expresión o por dejar una transformación profunda para Tlaxcala.

Alfonso Sánchez Anaya tuvo más aciertos que errores y por eso permanecerá en la memoria como uno de los gobernadores más queridos del estado. Su partida duele porque representa a una generación de políticos que entendía el valor de la cercanía con la gente y del respeto hacia quienes ejercemos el periodismo.

En mi vida profesional solo dos gobernadores me han conmovido profundamente con su fallecimiento: Miguel Barbosa Huerta (en Puebla), de quien conocí su lado más humano y guardo un enorme cariño, y Alfonso Sánchez Anaya, porque fui parte de su gobierno y pude conocer, desde dentro, la manera en que entendía el servicio público.

Hoy no solo despido a un exgobernador. Despido a un hombre que forma parte de mis recuerdos profesionales y de una etapa que ayudó a construir la periodista que soy.

Descanse en paz, gobernador. Gracias por haber demostrado que se puede gobernar con cercanía, respeto al periodismo y confianza en las nuevas generaciones.

El legado de Alfonso Sánchez Anaya permanecerá en la memoria de quienes tuvimos la oportunidad de conocer esa forma de hacer política y de servir a Tlaxcala.

Nos leemos pronto. Sigan @yazcurinoticias y @sucesospuebla.

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