Morena ha construido buena parte de su discurso político sobre la inclusión, la justicia social y la defensa de los grupos históricamente vulnerables. Durante años ha presumido ser el movimiento que le devolvió la dignidad a millones de personas adultas mayores, convirtiéndolas en uno de los pilares de la llamada Cuarta Transformación.
Por eso, las declaraciones de las diputadas locales Nayeli Salvatori Bojalil y Graciela Palomares Ramírez no solo provocaron indignación; exhibieron una contradicción que golpea directamente la credibilidad del discurso de su propio partido.
El 31 de julio de 2026, durante el podcast “Descasadas”, conducido por la presentadora de Televisa Puebla Nadia de la Rosa, ambas legisladoras sostuvieron una conversación que rápidamente se viralizó por el tono despectivo con el que se refirieron a los hombres mayores.
No fue un comentario aislado ni una frase sacada de contexto.
Fue una conversación en la que decidieron convertir a los hombres mayores en objeto de burla.
Hablaron de las arrugas, de la “panza caída”, del supuesto “olor a viejito” o “olor a baúl”. Pero, el momento que terminó por desatar la indignación fue cuando Graciela Palomares afirmó: que ese olor existe porque los hombres mayores “ya se están pudriendo”.
No fue humor, obvio no, FUE DISCRIMINACIÓN.
El edadismo —la discriminación por razón de edad— sigue siendo una de las formas de exclusión más normalizadas en la sociedad. Resulta todavía más preocupante cuando quienes la practican son representantes populares, cuya obligación debería ser combatir los prejuicios y legislar para todos, no alimentar estereotipos desde un micrófono.
Basta imaginar el escenario contrario.
Si dos diputados hubieran utilizado esas mismas expresiones para referirse a mujeres mayores, ridiculizando su cuerpo, sus arrugas o asegurando que “ya se están pudriendo”, el escándalo habría sido nacional. Las exigencias de sanción serían inmediatas y nadie intentaría justificarlo como una simple broma.
LA DIGNIDAD HUMANA NO DISTINGUE SEXO, EDAD NI CONDICIÓN SOCIAL.
Lo verdaderamente grave es que quienes hicieron esos comentarios pertenecen al mismo partido que presume encabezar un gobierno humanista e incluyente.
Mientras Morena habla de respeto y reconocimiento hacia las personas adultas mayores, dos de sus legisladoras decidieron convertir el envejecimiento en motivo de burla. La contradicción es imposible de ignorar.
La reacción ciudadana fue inmediata. Miles de usuarios reprobaron las declaraciones y cuestionaron la actitud de ambas diputadas. La presión fue tal que la dirigencia estatal de Morena, a través de su vocero Agustín Guerrero Castillo, terminó ofreciendo una disculpa pública dirigida a las personas adultas mayores.
Pero el problema nunca fue de comunicación.
Fue de convicciones.
Porque las disculpas institucionales no borran el desprecio que reflejan ciertas palabras.
Este episodio también deja al descubierto la frivolidad con la que algunos representantes populares entienden hoy el servicio público. Confunden un podcast con una sobremesa entre amigos, olvidando que una diputada nunca deja de representar a la ciudadanía cuando enciende una cámara.
Una curul no es una licencia para ridiculizar.
Es una responsabilidad para representar con dignidad.
Las diputadas quizá olvidaron otro detalle fundamental de la política: las personas mayores no solo son beneficiarias de programas sociales; son ciudadanos con memoria, experiencia y un enorme peso electoral.
Muchos de ellos respaldaron con su voto el proyecto político que hoy representa Morena. Gracias a ese respaldo, el partido logró construir mayorías, ganar gobiernos y llevar a cientos de candidatos a ocupar cargos públicos.
Resulta paradójico que dos legisladoras emanadas de ese movimiento hayan decidido burlarse precisamente de un sector que ha sido pieza fundamental para el crecimiento electoral de su partido y que, como cualquier ciudadano, merece respeto.
Si Nayeli Salvatori y Graciela Palomares tienen aspiraciones políticas rumbo a 2027, harían bien en recordar que una campaña no comienza cuando arranca el calendario electoral. Empieza con cada palabra que pronuncia un servidor público y con cada acto que refleja su verdadera visión de la sociedad.
La edad no perdona. El tiempo alcanza a todos, incluso a quienes hoy creen que envejecer puede ser motivo de burla.
Y el pueblo, ese que Morena llama una y otra vez “sabio”, también tiene memoria. La suficiente para distinguir entre quienes hablan de inclusión desde el discurso y quienes, frente a un micrófono, terminan exhibiendo los prejuicios que realmente los definen.
Y nuevamente, aquí viene la gran pregunta, ¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
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