El Mundial es nuestro

Miroslava Mendoza

El 11 de junio, México le abrirá las puertas al mundo. Por tercera vez en su historia, este país será sede de un Mundial de futbol. Las cámaras de decenas de naciones apuntarán hacia nuestras ciudades, nuestros estadios, nuestras calles. Millones de personas en todo el planeta verán a México durante semanas y se llevarán una imagen de lo que somos.

Y lo que somos merece celebrarse.

Ser sede del Mundial no es solo un evento deportivo. Es una declaración de capacidad, de infraestructura, de hospitalidad y de presencia en el mundo. En un momento en que México atraviesa un proceso de transformación profunda y reafirma su lugar en el escenario internacional, recibir al mundo con una organización impecable es también un acto de dignidad nacional. Es decirle a quien quiera escuchar que este país funciona, que su gente es extraordinaria y que su territorio es un lugar que vale la pena conocer, respetar y admirar.

Los números ya cuentan parte de la historia. El turismo subió más del 10 por ciento en el primer trimestre del año. El peso mexicano es la moneda que más se ha apreciado frente al dólar en el mundo. La inversión extranjera alcanzó un récord histórico. El Mundial puede multiplicar ese impulso durante semanas, generar empleos, activar economías locales en Guadalajara, Monterrey y la Ciudad de México, y proyectar una imagen de país que ninguna campaña de marketing podría construir por sí sola.

Pero más allá de los números, hay algo que los estadios no pueden contener del todo: el carácter de un pueblo.

México tiene una manera de recibir que es única. Una hospitalidad que no se aprende en manuales ni se decreta desde ningún gobierno — que viene de abajo, de las familias, de los mercados, de las colonias, de la gente que cuando llega alguien de lejos lo primero que hace es ofrecerle algo de comer. Eso lo va a ver el mundo. Eso es lo que se van a llevar quienes vengan de todos los continentes a ver a sus selecciones jugar en suelo mexicano.

Hay algo en el futbol que refleja lo mejor de nosotros cuando somos genuinos. La cancha no distingue origen ni apellido. El talento se abre paso. El esfuerzo colectivo supera al individualismo. Once personas con historias distintas, de barrios distintos, con sueños distintos, moviéndose hacia un mismo objetivo. Eso no es solo deporte. Es una forma de entender la vida que los mexicanos conocemos bien.

Este Mundial también es un reconocimiento a la trayectoria de un país que ha demostrado, una y otra vez, que está a la altura de los momentos grandes. Que cuando se le da la oportunidad, la aprovecha. Que su gente no solo recibe bien al mundo sino que también lo sorprende, lo enamora y lo hace querer volver.

Desde Puebla, desde el Distrito 12, desde esta representación, nos sumamos a esa celebración con genuino orgullo. Porque el Mundial no es solo de las tres ciudades sede. Es de todo México. Es de cada comunidad que va a encender la televisión, reunirse con la familia y vivir esos noventa minutos como si el mundo entero estuviera mirando.

Está mirando. Y lo que va a ver es un México que no pide disculpas por ser grande.

Bienvenidos al país que siempre supo que este momento llegaría.

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