Hay nombres que necesitan meses de campaña, cientos de espectaculares y miles de publicaciones en redes sociales para intentar que alguien los reconozca.
Y hay otros que basta con mencionarlos para que, en los cafés políticos, las oficinas partidistas y los celulares de quienes viven de hacer cuentas electorales, comiencen los nervios.
José Antonio Gali Fayad pertenece, por ahora, a la segunda categoría.
Su eventual regreso a la vida pública poblana no tendría que sorprender a nadie. Lo verdaderamente revelador es lo que su posible retorno está provocando: está desnundando la pobreza de liderazgos que existe hoy en Puebla.
Porque Gali podrá gustar o no.
Podrán cuestionarse sus gobiernos, sus decisiones, sus alianzas y hasta sus silencios.
Pero hay algo que difícilmente puede negarse: conserva reconocimiento y aceptación ciudadana.
Y eso, en política, es un activo que no se compra con publicidad.
GALI NO NECESITA PRESENTACIÓN
Mientras algunos políticos necesitan presentarse tres veces para que alguien recuerde su nombre, Gali podría regresar simplemente diciendo: “aquí estoy”.
Y ahí comienza el problema para muchos.
Porque después de varios años fuera de las boletas, su nombre sigue estando en la conversación.
No necesita que le expliquen al electorado quién es.
No necesita que un dirigente partidista le construya una biografía.
No necesita descubrirse en TikTok.
Su trayectoria ya está en la memoria colectiva de buena parte de los poblanos.
Y eso coloca sobre la mesa una pregunta incómoda:
¿Qué hicieron los partidos durante todos estos años para construir nuevos liderazgos con ese nivel de reconocimiento?
La respuesta, en muchos casos, parece ser: muy poco.
MOVIMIENTO CIUDADANO HUELE LA OPORTUNIDAD
En medio de este escenario aparece Movimiento Ciudadano.
Y hay que reconocerle a la dirigente estatal de MC, Fedrha Isabel Suriano Corrales algo que otros partidos parecen no entender: la política electoral ya no puede depender exclusivamente de las estructuras partidistas.
El ciudadano no necesariamente pregunta primero:
“¿De qué partido es?”
Ahora pregunta:
“¿Quién es?”
“¿Qué ha hecho?”
“¿Lo conozco?”
“¿Le creo?”
Y ahí está la diferencia.
Un partido puede tener oficinas, comités, consejeros, dirigentes y estructuras.
Pero si no tiene candidatos capaces de conectar con la ciudadanía, todo eso puede convertirse en una maquinaria perfectamente aceitada… para perder elecciones.
MC parece haber entendido que los llamados perfiles ciudadanos pueden ser una alternativa para romper con el aburrimiento de las mismas caras.
Y si a esa estrategia se suma un personaje con reconocimiento como Gali, aunque todavía no exista una definición electoral, el tablero comienza a moverse.
Y NÉSTOR CAMARILLO TAMBIÉN ESTÁ EN EL JUEGO
En este reacomodo aparece otro nombre: Néstor Camarillo Medina.
El senador conoce la política poblana y sabe perfectamente que una elección no se gana solamente con estructuras partidistas.
Se gana con votos.
Y los votos, aunque a algunos dirigentes les cueste aceptarlo, no siempre obedecen a los organigramas.
La eventual participación de Gali podría modificar expectativas, alianzas y estrategias.
No necesariamente tendría que ser candidato de Movimiento Ciudadano.
Ni siquiera tendría que ser candidato para convertirse en factor político.
A veces basta con que un nombre aparezca en la conversación para que otros tengan que modificar sus cálculos.
Y Gali ya está provocando eso.
EL PAN: DEL “BIEN COMÚN” A CLUB DE CUATES
Pero donde realmente debería sonar la alarma es en Acción Nacional.
Porque el problema del PAN poblano no es Gali.
Gali solamente podría ser el espejo.
Y quizá lo que más incomode sea lo que aparece en el reflejo.
El PAN perdió a buena parte de su propia gente.
Militantes, simpatizantes y cuadros que durante años trabajaron por el partido terminaron alejándose porque no encontraron oportunidades, reconocimiento ni espacios.
Y cuando un partido pierde una elección, puede recuperarse.
Pero cuando empieza a perder a los suyos, pierde algo mucho más importante:
identidad.
Durante los años de poder, el “bien común” fue una de las grandes banderas del panismo.
Pero para muchos de sus propios militantes, aquel principio terminó enfrentándose con una realidad mucho más terrenal:
el amigo,
el conocido,
el grupo,
el apellido,
el mismo círculo.
El partido que hablaba de ciudadanía terminó siendo percibido por algunos de sus propios integrantes como un club de cuates, donde los cargos y las oportunidades parecían circular entre los mismos.
Y entonces la militancia comenzó a preguntarse:
¿Para qué trabajar por el partido si las oportunidades siempre son para los mismos?
Algunos se fueron.
Otros se cansaron.
Otros dejaron de participar.
Otros más se fueron a Morena.
Y algunos se quedaron mirando cómo el partido perdía, poco a poco, su capacidad de renovación.
Ese es un costo político que ninguna encuesta puede ocultar.
EL PROBLEMA NO ES QUE REGRESE GALI
Sería demasiado fácil culpar al exgobernador.
El problema del PAN no sería que Gali regrese.
El problema sería que su regreso exhiba lo poco que construyeron después de él.
¿Dónde están los nuevos liderazgos?
¿Dónde están los candidatos que puedan caminar por las calles y ser reconocidos sin necesidad de llevar el logotipo del partido pegado en la camisa o sin que les mienten la madre por haber ocupado ya un cargo y no hacer nada por la gente?
¿Dónde están los perfiles capaces de entusiasmar a alguien que no milita en Acción Nacional?
¿Dónde quedó aquella formación de cuadros que durante décadas presumió el panismo?
Silencio.
Y cuando un partido comienza a hablar de “buscar perfiles ciudadanos”, habrá que preguntarle algo muy sencillo:
¿Y los cuadros propios dónde están?
DIRIGENCIAS GRISES, CANDIDATOS GRISES
El problema, por supuesto, no es exclusivo del PAN.
Puebla tiene dirigencias partidistas que parecen diseñadas para no hacer ruido.
Dirigencias grises.
Discursos grises.
Estrategias grises.
Candidatos grises.
Y una ciudadanía cada vez menos dispuesta a emocionarse con políticos que solamente resultan conocidos dentro de su propio partido.
Mientras los dirigentes siguen repartiéndose posiciones, la sociedad está buscando otra cosa.
Quiere resultados.
Quiere cercanía.
Quiere personajes conocidos.
Quiere alguien que le genere confianza.
Por eso el posible regreso de Gali resulta interesante.
No porque sea invencible.
No porque tenga asegurada una candidatura.
Mucho menos porque tenga garantizado un triunfo.
Sino porque parte de una ventaja que muchos políticos actuales no tienen: ya existe en la memoria ciudadana.
Y eso no se fabrica de la noche a la mañana con una campaña de redes sociales.
UN APELLIDO QUE YA HACE CUENTAS
Quizá por eso el nombre de Gali resulte tan incómodo.
Porque ni siquiera necesita estar en campaña para comenzar a mover el tablero.
Su eventual regreso provoca preguntas:
¿Para qué cargo?
¿Con qué partido?
¿Con qué alianza?
¿Quién se suma?
¿Quién se aleja?
¿Quién cambia de estrategia?
¿Quién comienza a buscar candidato?
Y cuando un político provoca esas preguntas sin siquiera haber anunciado formalmente una candidatura, algo queda claro:
todavía tiene capital político.
La gubernatura, por cierto, no está sobre la mesa: constitucionalmente ya no puede volver a competir por ese cargo.
Pero eso no significa que su participación política esté descartada para otras posiciones.
Y ahí está precisamente el atractivo del asunto.
LA POBREZA NO ESTÁ EN LAS URNAS, ESTÁ EN LOS CUADROS
El regreso de Gali, si finalmente ocurre, no debería preocupar tanto por lo que él pueda construir.
Debería preocupar por lo que otros no han sabido construir.
Porque el verdadero fracaso de un partido no es que un viejo liderazgo regrese.
El verdadero fracaso es que, después de años, no haya sido capaz de formar a alguien nuevo que pueda competirle.
Ahí está la verdadera desnudez de la política poblana.
Demasiados dirigentes preocupados por conservar el cargo.
Demasiados grupos preocupados por conservar posiciones.
Demasiados políticos esperando la siguiente candidatura.
Y muy pocos pensando en construir liderazgos que sobrevivan a una elección.
Así que, mientras unos hacen cuentas y otros se preguntan si Gali volverá, quizá habría que hacerse una pregunta mucho más incómoda:
¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
Porque si la respuesta de los partidos sigue siendo apostar por los mismos de siempre, buscar al “menos malo” o rescatar figuras del pasado cada vez que llega una elección…
entonces no estamos frente a un problema de candidatos.
Estamos frente a una crisis de imaginación política.
Y Puebla merece algo más que políticos que solamente sepan administrar sus propias carreras.
Y nuevamente, aquí viene la gran pregunta, ¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
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