Las rectas finales son las más reveladoras. En política, como en cualquier proyecto que vale la pena, el cierre de una etapa dice más sobre un movimiento que su arranque. Es fácil comenzar con convicción — lo difícil es mantenerla cuando ya hay resultados que defender, cuando las presiones internas crecen y cuando el horizonte inmediato son elecciones que concentran más energía que la agenda de gobierno.
Esta legislatura está en ese tramo. Y los retos que quedan no son menores.
La Ley de Ingresos que se discutirá en las próximas semanas es uno de los instrumentos más importantes del cierre. No hay nuevos impuestos — esa fue la promesa y esa es la realidad. El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha demostrado que se puede gobernar con responsabilidad fiscal sin sacrificar el gasto social, sin cargarle más a quien menos tiene, combatiendo la evasión en lugar de inventar nuevas cargas para los de siempre. Eso no es un logro menor en un contexto económico global que presiona en sentido contrario.
Pero la Ley de Ingresos no es solo un documento técnico. Es una declaración de prioridades. Es decirle al país qué se va a sostener, qué se va a fortalecer y quién va a quedar protegido cuando el presupuesto se reparte. Los programas sociales que hoy llegan a 42 millones de personas no son concesiones políticas — son derechos que esta legislatura tiene la responsabilidad de blindar. Cada peso asignado a pensiones, a becas, a apoyos para personas con discapacidad, a madres trabajadoras, es un peso que no puede negociarse en función de presiones que vengan de afuera del proyecto.
Ese es el compromiso que esta diputación renueva en este tramo final: votar con convicción, defender lo que se ha construido y no ceder en lo que no se puede ceder.
Pero más allá de la agenda legislativa, lo que este cierre exige es algo más difícil de legislar y más fácil de perder: unidad.
La presidenta Sheinbaum ha llevado adelante un proyecto de gobierno que ha demostrado resultados — en economía, en salud, en infraestructura, en política exterior, en la defensa de la soberanía nacional. Esos resultados no se sostienen solos. Se sostienen cuando quienes forman parte de la coalición cierran filas alrededor del liderazgo que el pueblo eligió, cuando las diferencias internas se procesan con madurez y no se convierten en munición para quien quiere ver fracasar el proyecto, cuando cada legislador, cada coordinación estatal, cada estructura territorial entiende que su papel es sumar y no restar.
La oposición está disminuida. Eso es cierto. Pero sería un error leer ese escenario como garantía. Los movimientos no se pierden solo por las derrotas externas — se pierden cuando la fragmentación interna les quita la capacidad de actuar con unidad en los momentos que importan. Y los momentos que importan están aquí, en este último tramo, en las decisiones que se tomarán antes de que cierre esta legislatura.
Desde el Distrito 12, desde el PT, desde esta representación, el mensaje es claro: cerramos filas alrededor de la presidenta. No por disciplina ciega sino por convicción genuina de que el proyecto que ella encabeza es el que le hace bien a México. Porque hemos visto de cerca, en el territorio, lo que significa que el Estado decida gobernar para la mayoría. Y sabemos que eso se cuida, se defiende y se fortalece — especialmente en los momentos en que resulta más tentador aflojar.
El último tramo exige lo mejor de todos. Y estamos aquí para darlo.