Más que un nuevo calendario escolar: muchas realidades que debemos atender

Miroslava Mendoza

Lo voy a decir desde donde soy: desde este cargo, pero también desde ser madre.
Cuando la SEP anunció que el ciclo escolar 2025-2026 concluirá el 5 de junio — más de un mes antes de lo previsto — la primera reacción de muchas familias no fue alegría. Fue preocupación. Y esa preocupación merece tomarse en serio, no descartarse como exageración ni como resistencia al futbol.

Entiendo los argumentos. Las olas de calor son reales. El Mundial en México es un acontecimiento histórico que no se repite en décadas. Y sí, el Consejo Nacional de Autoridades Educativas tomó esta decisión por unanimidad, con el compromiso de dos semanas de reforzamiento en agosto para compensar los contenidos. Todo eso es cierto.

Pero hay una conversación que no se está teniendo con suficiente honestidad: ¿qué pasa en los hogares mexicanos cuando los niños no tienen escuela?
No en todos los hogares hay quien se quede. No en todos los hogares hay quien pueda pagar un campamento de verano, una actividad extracurricular, una guardería temporal. Hay madres autónomas que organizaron su vida laboral alrededor de un calendario escolar que ahora cambia con pocas semanas de aviso. Hay familias donde la escuela no es solo el lugar donde se aprende a leer y a sumar. Es el espacio seguro. El espacio estructurado. El espacio donde una niña o un niño está protegido, acompañado y contenido.

Cuando ese espacio desaparece antes de tiempo, los efectos no son abstractos. La violencia familiar tiene patrones conocidos: se exacerba en periodos de convivencia forzada, en momentos donde no hay válvula de escape, donde el estrés económico y el encierro se combinan. No lo digo para alarmar. Lo digo porque es un dato que cualquier política pública seria tiene que considerar cuando toca el calendario escolar.

La escuela no es guardería. Eso es verdad y hay que decirlo con claridad para no trivializar su función educativa. Pero también es verdad que cumple un rol social que va mucho más allá del aula, y que ese rol pesa especialmente en los sectores más vulnerables, en los que menos recursos tienen para absorber un cambio así.

Reconozco que hay razones válidas detrás de esta decisión. Reconozco que el calor extremo es un problema real de infraestructura escolar que también merece atención urgente. Y reconozco que el Mundial es una oportunidad económica y cultural para el país.

Pero precisamente porque creo en la educación pública y en quienes la sostienen todos los días — maestras, maestros, directivos, familias — creo que esta decisión merece revisarse con más información sobre la mesa. ¿Cuántas niñas y niños en situación de vulnerabilidad se quedarán sin el único espacio seguro que tienen durante esas semanas? ¿Qué mecanismos concretos garantizan que el reforzamiento de agosto llegue a quienes más lo necesitan? ¿Cómo se va a medir el impacto real en el aprendizaje?
México ya tiene un rezago educativo que nos duele. No lo construyó este gobierno, pero tampoco desaparece solo. Cada semana de clase cuenta. Cada día en el aula tiene un valor que no se recupera con dos semanas en agosto.

El Mundial va a llegar. Va a ser una fiesta. Y ojalá que sí, que la selección nos dé razones para celebrar. Pero la educación de nuestras niñas y niños no puede ser la moneda de cambio para ningún evento, por histórico que sea.

Por eso, desde mi responsabilidad como diputada federal, hago un llamado respetuoso a que este tema se vuelva a revisar. Que se abra la mesa a las voces que aún no han sido escuchadas: las madres autónomas que no tienen con quién dejar a sus hijos, las familias que no tienen para pagar el verano, las comunidades donde la escuela es el único espacio de contención que existe. Que las decisiones sobre el calendario escolar se tomen con todos esos rostros en mente, no solo con la logística del evento.

Ellas también cuentan. Y desde esta curul, me aseguraré de que así sea.

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