Enedina Rivas nació en las Barrancas del Cobre, esa cicatriz milenaria y profunda que recorre el suroeste de su estado natal, Chihuahua. Hoy es defensora de la cultura rarámuri, a través de recetas ancestrales, técnicas de tejido, activismo que la ha llevado a hablar ante la Asamblea de Naciones Unidas, enfermera, maestra y mucho más.
Pero una de sus primeras pasiones, o por lo menos la más longeva, es la de correr. Enedina creció en la barranca, donde desde niña aprendió a recorrer a pie los caminos estrechos y empinados de la sierra. Subía y bajaba veredas para recolectar plantas que su madre cocinaba, un ir y venir cotidiano que, sin saberlo, fue formando su resistencia y su relación natural con el movimiento.
Antes de entrar a la escuela, ya estaba acostumbrada a caminar cerros y senderos. Correr llegó después, casi de manera espontánea, y siempre descalza.
Enedina recuerda que más de una vez le sugerían no quitarse los huaraches, pero para ella correr sin calzado era lo más natural. Esa forma de desplazarse, heredada de la vida en la sierra, se volvió parte de su identidad.
Cuando fue llevada a un internado en la región serrana, tuvo su primer acercamiento formal a las competencias. En una carrera entre escuelas, con apenas 11 años, ganó su primera prueba de fondo. No recuerda el año exacto, pero sí el premio: 10 pesos y una soda de fresa. Para una niña de la sierra, aquello significaba mucho.
Ese día llevaba puesto un suéter azul que su madre le había comprado y una falda sencilla. Por la emoción de haber ganado, destapó la soda y terminó empapando el suéter. Hay incluso una fotografía antigua que conserva ese momento: el suéter manchado, amarrado a la cintura, y Enedina descalza y feliz. Como dice el dicho: lo bailado (y lo corrido) nadie se lo quita.
Pero no sólo se refiere a sus reconocimientos como corredora. Ella ya consiguió la certificación de Cocinera Tradicional que otorga el Conservatorio de la Cultura Gastronómica Mexicana.
Y todo comenzó en su infancia, cuando corría de arriba a abajo por las belluzas, es decir, las flores comestibles del maguey silvestre.
Quizás una razón es que su preparación es muy complicada: primero cocerlas, luego lavarlas en un guare, una piedra rugosa donde se les quita la espuma. Cuando quedan limpias, se cocinan con ajo y cebolla. Cada vez que termina de cocinarlas, no sólo gana Enedina, también quienes tienen el privilegio de probarlas, y gana también el conocimiento ancestral que continúa en sus manos.
Después de recolectar las belluzas y entregárselas a su mamá, la pequeña Enedina se interesó cada vez más por cómo se cocinaban. También las verdolagas, el yorique, las gorditas de maíz azul y todo lo que regalaba su tierra escarpada pero generosa.
El resto es historia. La corredora también se hizo cocinera, y la cultura rarámuri ganó una defensora incansable que, hasta la fecha, recorre cocinas, asociaciones y medios de comunicación para hablar de sus recetas, de su gente, de su amada barranca.
Las muchas vidas de Enedina, quien ha vivido en una sola, la han llenado de sabiduría. Y ella, cuando puede, sigue corriendo.
Enedina es parte de las 32 cocineras tradicionales incluidas en Cocina que despierta: el poder de la herencia, publicada recientemente por Heraldo Media Group, a través de GastroLab.
INFORMACIÓN: EL HERALDO DE MÉXICO